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Todos Mis Amigos Están Muriendo

Un veterano comete suicidio cada 65 minutos en Estados Unidos, y más del 30% de los veteranos lo han considerado

“Sólo los muertos han visto el final de la guerra” – Platón

Hoy, por segunda vez en menos de un mes, un veterano en mi círculo de activistas-amigos se ha suicidado. Su nombre era Ethan. El mes pasado, mi amigo Jacob, otro veterano anti-guerra, se quitó la vida en una zona rural de Arkansas. 

A principios de este año, perdí a dos miembros del pelotón en el que serví; murieron de cáncer; ninguno de ellos fumaba o bebía. De hecho, tanto Esteban y Simbad, fueron algunos de los veteranos más mojigatos en nuestro pelotón. En los tres años anteriores, otros dos veteranos de guerra murieron prematuramente-Anthony de una sobredosis de drogas y Josué de cáncer. A medida que los años pasan, estoy empezando a entender mejor la afirmación de Platón sobre la guerra. He perdido más amigos ahora, desde que regresé a casa, que en la zona de combate. La primera vez que leí la famosa cita de Platón, yo estaba pensando en luchas personales, cómo recordar, u olvidar la guerra, y cómo avanzar. No esperaba que mis amigos sigan muriendo. Pero están desapareciendo a un ritmo asombroso.

El Centro para la Integridad Pública informa que, “Los veteranos se están matando a sí mismos en más del doble de la tasa de la población civil con cerca de 49.000 suicidios entre 2005 y 2011”. Para decirlo de otra manera, un veterano se suicida cada 65 minutos en el EE.UU, y más del 30% de los veteranos lo han considerado. Cada vez más, estas historias y las estadísticas están haciendo noticia de primera plana. Muchos periodistas, como Aaron Glantz, han cumplido con el deber de informar asuntos de veteranos. Aun así, hoy en día, la mayoría de los estadounidenses no son conscientes de las consecuencias catastróficas de las guerras de agresión sin fin. Y mientras que muchas historias ponen de relieve la difícil situación de los veteranos, muy poco se ha escrito acerca de los efectos devastadores que las guerras han tenido sobre las poblaciones civiles que sufren tanta brutalidad. Pero eso es lo esperado en una sociedad tan introvertida como la nuestra. Sin duda, los estadounidenses son ciegos al hecho de que viven en un Imperio. En los imperios, los soldados, los civiles y los veteranos mueren, y con frecuencia.

Las luchas personales

Volví a casa después de mi primer despliegue a Irak, en junio del 2003. A medida que la guerra continuaba, los estadounidenses se ocuparon de formas banales de entretenimiento y de política sin sentido. Hubo un movimiento contra la guerra, pero era marginal y totalmente impotente. La elección presidencial del 2004 fue una farsa absoluta. John Kerry, el candidato demócrata de ese año, tropezó con tanta facilidad, casi parecía como si estuviera apoyando la elección de Bush. De hecho, Kerry, en muchos sentidos, representa la quiebra absoluta de la ideología liberal moderna. Una vez prominente activista contra la guerra, el senador de Massachusetts cambió rápidamente de manera de pensar, y chupando medias en su camino llegó a la cima de la sociedad política norte americana. Mientras tanto, jóvenes IG luchaban en otra guerra sin fin en el extranjero, esta vez en el Medio Oriente.

En ese momento yo era, en gran medida, políticamente ignorante. Crecí en un hogar lleno de Demócratas. Mi padre era un herrero de Sindicato y mis abuelos eran trabajadores siderúrgicos sindicales. Muchos de mis primos, tías y tíos trabajaban, o aún trabajan, en las fábricas de acero o la industria manufacturera. Era una familia de Sindicato. En cierto modo, se podría decir que me crie con conciencia de clase. Mi padre siempre me dijo que la gente rica dirigía el espectáculo. Me dijo que policías, jueces y abogados eran corruptos y no se podía confiar en ellos. Sin embargo, su análisis no fue mucho más profundo. Cuando le dije que me unía a la Infantería de Marina, él me dijo que iba a terminar peleando otra guerra sin sentido. Me recordaba a sus amigos que regresaban de Vietnam a finales de la década de 1960, y principios de 1970, deprimidos, adictos y violentos.

Durante el verano del 2003, mis amigos estaban regresando a casa después de su primer año en la universidad. La mayoría de ellos asistieron a las escuelas del estado, principalmente la Universidad de Indiana. Ellos compartieron sus historias de jugueteos nocturnos con varias parejas sexuales, fiestas inducidas por fármacos y clases intelectualmente estimulantes. A mí, las clases me interesaban más, ya que tenía mis propias experiencias inducidas por drogas en la Infantería de Marina, con un montón de aventuras nocturnas. Encaramado en torno a las mesas de cocina de nuestros padres, hablamos de  política, sociedad, arte, la muerte y la guerra. Subjetivamente, su mayor preocupación era si iban a pasar las clases de posgrado y, finalmente, conseguir un trabajo decentemente remunerado. Mi mayor preocupación era si nunca los iba a ver de nuevo, ya que nuestra unidad se estaba preparando para un segundo despliegue en Irak.

Rápidamente, se hizo evidente que mi viaje por la vida iba a ser drásticamente diferente al de la gran mayoría de estadounidenses. Ahora, para ser claros, algunas experiencias de los estadounidenses son similares a las de los veteranos. Por ejemplo, los jóvenes Afroamericanos y Latinoamericanos que viven en los barrios más violentos de América tienen una buena idea de lo que significa ser un veterano, o una víctima de la guerra. Después de todo, ellos son veteranos de un tipo diferente de guerra: La Guerra Contra las Drogas. Noticias constantes de amigos muertos, suicidios, tiroteos y sobredosis de drogas plagan el discurso de sus barrios en ruinas. Lo mismo es cierto para los veteranos. Al igual que la mayoría de los estadounidenses tienen miedo del Ghetto, también evitan la brutal realidad de las guerras de Estados Unidos en el extranjero. Ambas luchas parecen demasiado lejanas, demasiado extrañas para que el estadounidense promedio pueda comprender. En cierto modo, es cierto: los estadounidenses que no viven en el Ghetto no tienen idea de lo que implica el Ghetto; y las personas que no han experimentado la guerra no pueden comprender lo que se siente estar en una guerra.

Según MSNBC, CNN y Fox News, nosotros éramos los chicos buenos

Durante mi segundo despliegue, me sentí  cada vez más opuesto a la guerra. Esto sucedió, por muchas razones, pero principalmente debido a la demente brutalidad infligida al pueblo iraquí por mis compañeros marines. Ellos se encargaron de disparar a civiles inocentes, torturar a combatientes enemigos, robar los bienes de las poblaciones locales, mutilar cadáveres, tomarse fotos con cadáveres y encubrir la evidencia de dichas acciones. Según MSNBC, CNN y Fox News, nosotros éramos los chicos buenos. Al diablo, muchos veteranos ni siquiera creían esas tonterías. Pero la mayoría de los estadounidenses lo hicieron. Compraron el paquete completo. Y el llamado movimiento contra la guerra no era mucho mejor. Su crítica a la guerra en Irak no era de principios, ni tampoco era seria. Si hubieran sido serios, no habrían desaparecido una vez que Obama asumió el cargo. En retrospectiva, el movimiento era más un anti-Bush / Cheney / Partido Republicano, que un movimiento social contra la guerra que se comprometía a identificar y enfrentar el militarismo en la sociedad estadounidense.

En cualquier caso, en el momento en que regresé a casa de mi segundo viaje, era más que obvio lo diferente que iba a ser mi vida. En primer lugar, yo era un adicto a las drogas, al alcohol y a la violencia. Sí, la violencia. Hay una cualidad adictiva a formas extremas de violencia subjetiva. El acto de matar a alguien no es simplemente traumático y brutal, también es estimulante y poderoso. Las drogas y el alcohol sólo evitaban llevar más lejos mis impulsos violentos. Si alguien no me decía “gracias” en el supermercado, pensaba en las diversas formas en que podía torturarlo. Cuando alguien en la estación local de gasolina no abría la puerta al siguiente cliente, yo fantaseaba con matarlo. Su falta de disciplina y modales me hacían mal físicamente. A veces, cuando conducía por la ciudad, me encontraba a mí mismo soñando con un enfrentamiento con alguien, con cualquiera. Quería mostrarles de que se trataba la guerra. Quería liberar mi ira a través de la violencia, a menudo imaginando los escenarios más espantosos. En realidad, yo quería que ellos sientan la misma ansiedad y la ira que sentí durante esos días. Mi pensamiento era poco profundo: ¿Por qué el resto deberían pasar por la vida sin saber lo que es la guerra?

Por supuesto, todo esto tuvo un impacto tremendamente negativo en mi vida. He perdido amigos, mi pareja y miembros de la familia debido a mis batallas personales con Trastorno de Estrés Postraumático. De hecho, todavía lucho con estas dolencias. Las pesadillas acechan mi sueño nocturno. Impulsos violentos cubren mis actividades diarias. Cada día es una lucha. Cuanto más trato y pongo la guerra detrás de mí, el perro de la guerra más me muerde los talones mientras corro tratando de alejarme del dolor. Un día, mi madre me pidió que dejara de fumar en el garaje de ella y de mi padre. Agarre un cubo de basura, lo tiré contra la pared y la amenace de muerte. Dos horas más tarde, estaba llorando, con la cabeza entre las manos, tratando de explicar a un amigo lo que pasó. Él no sabía qué decir. ¿Cómo podría?

El Activismo como Terapia

La primera vez que me involucré con el movimiento contra la guerra fue en  el 2006. El primer evento al que asistí fue en la Universidad de Valparaíso. Era una mesa redonda, con tres panelistas en favor de la guerra en Irak, y tres en contra de la ocupación. Después de que cada participante habló, abrieron el evento a un segmento de preguntas y respuestas. Escuchar a la gente hablar de la guerra me puso incómodo, incluso con las personas que promovían un mensaje contra la guerra. ¿Cómo iban a saber? ¿Cómo lo sabían? Por último, me puse de pie y dije: “Yo soy un veterano de guerra que fue enviado a Irak en dos ocasiones diferentes y estoy de acuerdo con los tres panelistas que están en contra de la guerra”. Las cabezas comenzaron a girar. La gente empezó a susurrar. Algunos en la multitud comenzaron a aplaudir. Incluso los panelistas parecían estupefactos. Tres años en guerra y era todavía fuera de lo normal para las personas en un campus universitario escuchar la opinión de un veterano opuesto a la guerra. Increíble.

Después del evento, un veterano de Vietnam se me acercó y se presentó como “Nick”. Y añadió: “Estoy muy contento de conocerte. ¿Te das cuenta de lo importante que tu testimonio va a ser para el movimiento? Hay un par de veteranos que me gustaría que conocieras, así que ven a nuestro próximo evento”. Nick me entregó una volante e intercambiamos números de teléfono. Recuerdo que cuando iba a casa pensaba en lo importante que este pequeño evento era para mí. Por una vez, me sentí poderoso nuevamente. Yo sabía que mi historia, mis emociones, mi vida, importaban. Durante muchos años había visto mi vida como sin valor, fácilmente descartable. El suicidio era siempre una opción. El homicidio fue siempre una fantasía. Ahora, tenía un nuevo compromiso: el Movimiento Contra la Guerra. Quería cambiar el rumbo, hacer retroceder la negatividad y participar en algo positivo.

Con el tiempo, me he vinculado con Veteranos Contra la Guerra en Irak. Para mí, este era un nuevo comienzo. Hasta el momento, mis sentimientos contra la guerra habían sido relegados a los poemas, la música y el arte. Ahora estaba contribuyendo a una organización que tenía como objetivo detener las guerras, de pie, en solidaridad con el pueblo Iraquí y Afgano, y ayudar a los veteranos que regresan, ya sea con con sus cuidados de salud o beneficios educativos. Recuerdo que estaba exultantemente feliz con todo el proceso. Quiero decir, aquí estoy, un niño de la clase trabajadora que apenas se graduó de la escuela secundaria, hablando con activistas con educación universitaria acerca de poner fin a las guerras en Irak y Afganistán. Era la primera vez que sentía una felicidad genuina en un largo, largo tiempo. Además, los activistas eran geniales. Muchos de los veteranos con los que empecé a trabajar tenían historias similares. Ellos también vinieron de las ciudades pequeñas y de la clase trabajadora. A diferencia de mi tiempo en la Infantería de Marina, me sentí cómodo en la comunidad contra la guerra.

Se necesitarían semanas para nombrar a todos los veteranos cuyas vidas están en mejor situación

No puedo recordar correctamente la cantidad de talleres que organizamos, protestas, talleres de escritura, recaudación de fondos, charlas y acciones de teatro de la calle que realizamos durante mis primeros años con IVAW. Pero fue mucho trabajo, tanto emocional como físicamente. Los miembros iban y venían. Algunos se mantuvieron por varios años. Otros todavía están involucrados. Este trabajo ha prevenido que muchos de nosotros vayamos a la cárcel y nos ha mantenido vivos. Por eso, siempre estaré agradecido con la comunidad contra la guerra. Se necesitarían semanas para nombrar a todos los veteranos cuyas vidas están en mejor situación hoy en día gracias a la labor de los activistas contra la guerra y los organizadores de la comunidad. Donde los políticos y los médicos no pudieron, muchas de estas personas han tenido éxito. Resulta que muchos de nosotros simplemente necesitábamos una nueva misión, una misión dedicada a la paz y la justicia, no a la guerra y la destrucción.

No obstante, el activismo no es suficiente, como el tiempo nos ha enseñado. Nuestros amigos activistas no son inmunes al suicidio. De hecho, me atrevería a suponer que los activistas son más propensos al suicidio que sus contrapartes no-activistas. Es difícil comprometerse uno mismo al mundo del activismo político. Participar en largas conversaciones sobre el suicidio, el genocidio, el ecocidio, el racismo, el patriarcado, el capitalismo, la pobreza, la encarcelación en masa, etc., es, a veces, abrumador. A mí, leer sobre la Historia, me ha ayudado. Trato de recordar que yo soy parte de una larga línea de activistas políticos que luchan por el cambio revolucionario. Trato de recordar que soy parte de una larga línea de veteranos que soportan las cargas emocionales y físicas de la guerra. A lo largo de la Historia de la Civilización Occidental, los soldados han luchado por los intereses imperiales en tierras lejanas, sólo para volver a casa a una sociedad absurda, carente de valores decentes.

Luchar para vivir

Este año, los ciudadanos estadounidenses han sido inundados con historias sobre el suicidio, de Phillip Seymour Hoffman a Robin Williams, el tema permanece en la punta de la lengua de todos los estadounidenses. En la comunidad de veteranos, el suicidio es a menudo motivo de broma. De la misma manera que las enfermeras bromean acerca de los pacientes enfermos, o médicos forenses sobre cadáveres. A menudo, la única manera de relacionarse con la muerte es ocultar la oscuridad con una niebla del humor. De hecho, la comedia a menudo describe el absurdo. Es la única manera de lidiar con niveles extremos de violencia y muerte. Humor negro, como se le llama a menudo, ayuda a lidiar con el vacío de la muerte. Pero las bromas sólo funcionan como un ungüento. En casa, solo, o con tus seres queridos, recordamos ese vacío. Es un vacío que nunca va a desaparecer.

Al mismo tiempo, se necesitan nuestros esfuerzos ahora más que nunca. Las víctimas de las guerras de los Estados Unidos no tienen el lujo de los hospitales de Veteranos o sesiones de terapia pro-bono. Las víctimas de la agresión de Estados Unidos, a diferencia de nosotros los veteranos y sus familias, no tienen tratamiento preferencial médico, programas educativos o beneficios por incapacidad. Ellos viven, al igual que muchos en todo el mundo, en una zona de guerra constante. Mientras que los veteranos como yo tenemos la esperanza de tener una buena noche de sueño, los iraquíes y los afganos tienen la suerte de tener una cama para dormir Esta no es una “carrera hacia abajo”; es simplemente un reconocimiento a la locura que tienen que soportar las principales víctimas de la agresión estadounidense. Claro, los veteranos la pasamos mal. Pero aquellos que invadimos lo tienen mucho peor. Esta dinámica debe ser reconocida y confrontada de manera seria si alguna vez esperamos cerrar la brecha entre la justicia y el absurdo.

Mientras tanto, mis amigos siguen muriendo-mis amigos iraquíes, mis amigos afganos, mis amigos sirios, mis amigos libios, mis amigos paquistaníes, mis amigos palestinos,  mis amigos somalíes, mis amigos veteranos …

Vince Emanuele es un escritor, activista y periodista radial que vive en Michigan City, Indiana. Puede ser contactado en vince.emanuele@ivaw.org

Fuente: http://www.telesurtv.net/opinion/-Todos-Mis-Amigos-Estan-Muriendo-20141112-0073.html

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