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Palestina: Una Tierra sin pueblo: Más que un mito, una meta

Olga Benário de Sousa Pinheiro

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Hay una tendencia demasiado difundida de que las relaciones de los árabes con los judíos están asentadas en un odio mutuo que existe desde siempre y que así siempre será. Como si eso estuviera determinado por un factor genético y no social. Los incontables bombardeos editoriales de la gran prensa ofrecen una enorme contribución para sostener esa ignorancia.

Hace falta volver la mirada a las raíces del conflicto, a partir de la masiva inmigración judaica sionista, de mediados de 1917, y que ganó mayores proporciones después de la Segunda Guerra Mundial con la creación del Estado de Israel en territorio árabe.

Desde entonces, los sionistas, apoyados por potencias occidentales, propagaron el mito de que Palestina era “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, aunque en ella viviera cerca de un millón de árabes. Antes de esos acontecimientos no había problemas en la convivencia entre la población palestina y judía en el Medio Oriente.

El Estado de Israel, creado formalmente en 1948, fue aceptado por la ONU sobre la condición de que acatara el derecho de retorno de los refugiados. Sin embargo, nunca Israel cumplió esa determinación. El territorio quedó dividido en 56% para Israel y 44% para Palestina. Pero ni los límites de fronteras, que ya ponían en clara desventaja a los palestinos, fueron respetados. En referencia a ellos, el primer jefe de gobierno de Israel, David Ben Gurión, en aquel entonces ya decía: “serán determinados por la fuerza y no por resoluciones”.

El Estado Judaico fue instituido en base a esa delincuencia y permanece hasta hoy como el mayor violador de las resoluciones de la ONU. Siempre contando con la logística, soporte financiero y militar estadounidense.

Debemos decir que para abordar el holocausto judío hay toda una industria sofisticada, donde se destaca la cinematografía. Es muy probable que cualquiera al ser consultado sobre ese tema sepa decir algún dato sobre los campos de concentración, las persecuciones y asesinatos sufridos por los judíos. Pero es más probable aún que casi nadie conozca o sepa mencionar cualquier información sobre la Nakba (“La catástrofe”) en que el 78% de la población palestina fue expulsada de sus hogares durante la creación del Estado de Israel.

Lo mismo ocurriría si preguntamos a cualquiera sobre la Guerra de los Seis Días, las masacres de Qibya, Sabra y Chatila, de Villa Yassin y tantos otros sucesivos holocaustos palestinos por medio de los cuales los sionistas siguieron su avanzada colonialista y donde ya ocupan, en 1967, el 78% del territorio palestino, restando al pueblo ocupado solamente el 22% de esas tierras, divididas entre Cisjordania y la Franja de Gaza, impedidos de autonomía. A la fecha, se calcula que los palestinos sólo tienen el 13% de sus territorios originales.

A todo eso, se cumplieron 10 años de la sentencia de la Corte Internacional de Justicia que rechazó que Israel construyera en Cisjordania el Muro de la Vergüenza. Una barrera de hormigón y alambres que tiene el doble del tamaño de lo que fue el Muro de Berlín y un plan de extensión de más de 700 kilómetros con control militar a cada 300 metros. Alrededor de 62% del muro está completado y las construcciones continúan, en una postura de violación sistemática al derecho internacional.

Recientemente, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, recordó al mundo que “las implicaciones del muro van más allá de su legalidad. Él restringe el movimiento de los palestinos en Cisjordania, cortando el acceso a los recursos necesarios para el desarrollo palestino y minando los medios de vida agrícolas y rurales. Además de eso, el muro y la expansión de los asentamientos israelíes empeoran la fragmentación del territorio palestino”.
Para configurar todavía más el estado de apartheid que Israel impone, en noviembre de 2014, será puesta en vigor la ley que prohíbe que los trabajadores palestinos de Cisjordania viajen en los mismos autobuses que los israelíes.

Ya es difícil vivir y sobrevivir para los que quedan en su propia tierra. Difícil también para los cinco millones de refugiados palestinos.

Dichos criminales

La revolución no será televisada, ya decía alguien. Lo que está claro también es que la ocupación sionista tampoco será mostrada al público. Cualquier crítica a ella estará sujeta de inmediato a ser rotulada como antisemita.
El silencio hace eco en las grandes cadenas de prensa ocultando alusiones criminales como: “Nuestros soldados están haciendo bien el trabajo en Gaza, pero la solución no es la invasión, la solución es la que EEUU adoptó con Japón, en Hiroshima y Nagazaki”, dicha por Avigdor Lieberman, Ministro de Relaciones Exteriores de Israel.

Tan genocida como fue también lo que dijo la diputada de ese mismo país, Ayelet Shaked, que abogó de que “ahora todos son combatientes enemigos” incluso las madres de los palestinos, que según la diputada deberían desaparecer junto a sus hogares “de lo contrario criarán nuevas serpientes”.
Desapercibida también pasó por nuestros medios de prensa la propuesta de solución para prevenir ataques suicidas: violar esposas, hermanas y madres de combatientes, sugerida por Mordechai Kedar, investigador del Centro de Estudios Estratégicos de Begin-Sadat, y que sirvió por 25 años en la inteligencia militar israelí.

Tampoco mereció ser noticia la afirmación referida al Consejo de Derechos Humanos de la ONU que “sería mejor llamarlo Consejo de Males Humanos” afirmación hecha por el propio embajador permanente de Israel ante la ONU, Ron Prosor.

Las cifras del horror

La recién ofensiva militar israelí, de 51 días, dejó al menos 2.136 palestinos muertos y unos 11.100 heridos dejando además a unas 100.000 personas sin hogar. Bombardearon escuelas, sindicatos, hospitales, instalaciones de agua potable y destruyeron la única planta de energía que existía en Palestina. De los que perdieron la vida, 561 eran niños.

De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS) más de 3 mil niños palestinos resultaron heridos y al menos mil de ellos quedarán discapacitados de por vida.

La ONU estimó, además, que un mínimo de 373 mil niños necesitarán apoyo psicológico directo y especializado, y teme que el número de huérfanos palestinos pueda superar la cifra de 1500.

Tan violentos son los datos de niños asesinados, heridos, discapacitados, huérfanos, como el porcentaje del 96% de la población israelí que apoyó la ofensiva militar.

¿Qué explicaría tamaña insensibilidad frente a la masacre de un pueblo? La profesora de la Universidad de Tel Aviv, Nurit Peled-Elhanan, ofrece elementos para entender esa cuestión a partir de la formación escolar israelí. Ella investigó detalladamente textos, mapas, imágenes, lenguaje y constató que esos libros didácticos más bien se acercan a manifiestos militares, cargados de ideología y propaganda, que marginalizan a los palestinos y los desfiguran como seres humanos.

Desde edad muy temprana, hay una formación llena de fraudes históricos y donde las masacres, comandadas por Israel, son tratadas como hechos que “restauraron la dignidad y la moral del ejército”.

Un mes después de terminar los estudios escolares, los jóvenes son llamados al servicio militar obligatorio. Los que se niegan, por objeción de consciencia, son detenidos, amenazados e insultados por la sociedad.

Los que van al servicio militar, cargados de la ideología de supremacía racial, adquirida en la escuela, miran como enemigos a cualquier palestino como lo reconoció el ex soldado israelí Nadav Bigelman quien dijo que “la gente tiene que entender que los soldados (israelíes) no ven a los palestinos como a seres humanos. De esa misma manera, tampoco a niños o adolescentes”.

Muestras de solidaridad

En contraposición a los sionistas que gritan “muerte a los árabes”, muchos países del mundo expresaron, con distintas iniciativas, la solidaridad y el derecho a la vida del pueblo palestino. Así lo hizo el gobierno de Venezuela al prometer la creación de una casa de acogida para traer a su país, y prestar asistencia, a los centenares de niños que han quedado huérfanos después de la agresión militar. Así lo hizo también el gobierno cubano al donar una carga de 6 toneladas de medicamentos. Así también lo hizo el equipo de jugadores de Argelia que donó el premio de 6.5 millones de euros, que ganaron en el Mundial, a los niños palestinos, diciendo: “ellos necesitan más que nosotros”.

Además de estos gestos concretos, los países del ALBA y UNASUR han manifestado una solidaridad política demandando justicia para el pueblo palestino. A esta posición se han sumado la gran mayoría de los países Latinoamericanos que constituyen un frente común en ascenso que ya no puede ser ignorado en el escenario internacional.

A todo eso, el 12 de octubre, medio centenar de países se comprometieron a enviar 5.000 millones de dólares en ayuda humanitaria a la Franja de Gaza. Sin embargo, Israel Katz, Ministro de Transportes de Israel, dijo que ese dinero será desperdiciado ya que su gobierno está preparado para lanzar nuevas ofensivas contra Palestina si así lo cree conveniente.

Las perspectivas de solución del conflicto, entonces, son miradas con mucha nebulosidad delante del extremismo de esas declaraciones y acciones que sigue tomando Israel que tras firmar el “acuerdo de paz”, el 26 de agosto, el día 30 de ese mismo mes lanzó la mayor ocupación de tierras en 30 años en Cisjordania, usurpando el equivalente a 400 campos de fútbol del territorio de los palestinos.

Hace falta un urgente cambio en la mediación de este conflicto que a menudo queda a cargo de EEUU, el mismo que dona a Israel 3.000 millones de dólares al año, para fines militares en su gran mayoría, y que veta toda resolución de la ONU que vise la creación del Estado Palestino.

Legitimidad tendrá para asumir esa tarea histórica quien ayude, efectivamente, en los procesos de reconstrucción y no de destrucción como lo sigue haciendo EEUU al financiar y equipar a quien promueve la ocupación y la muerte.

Un ejemplo consecuente, con esa idea, lo ha dado el gobierno de Rusia que hace parte significativa de los esfuerzos de ayuda humanitaria y de infraestructura para Gaza, y que ya se predispuso a mediar en ese proceso.

Finalmente, lo que pasa en el Medio Oriente es un inaceptable relanzamiento de la Doctrina del Destino Manifiesto, con un carácter todavía más racista y brutal, donde se quiere imponer la idea de que hay un pueblo elegido por Dios para civilizar a sus vecinos y que cualquier acción, aunque sea de exterminio de los insubordinados, tiene su bendición para cumplirla.

Por nuestro lado, nos queda seguir apoyando y participando de las campañas de solidaridad y denuncias contra estas agresiones militares, presionando a nuestros gobiernos para que adopten sanciones y boicot contra Israel. Son algunas de las tantas maneras de manifestarse que puede hacer la diferencia en que siga siendo un mito o que se cumpla la meta etnocida de una tierra sin pueblo.

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De Revista El Derecho de Vivir en Paz – http://www.derechoalapaz.com

http://www.soawlatina.org/revistaderechopaz4.pdf

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