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A 25 años de la masacre de la UCA: Sus vidas siguen entre nosotros

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La madrugada del 16 de noviembre de 1989, miembros del batallón de infantería Atlacatl, ingresaron al recinto de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA), de El Salvador, y asesinaron a Elba Ramos, Celina Ramos, y a los sacerdotes Jesuitas, Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Amando López y Joaquín López y López.

En el momento de la Masacre de la UCA, Alfredo Cristiani era el Presidente de El Salvador y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas.

De acuerdo a las investigaciones, Cristiani jugó un papel activo en el encubrimiento del crimen y la obstrucción de la investigación de estos hechos.

De acuerdo al informe de la Comisión de la Verdad de la ONU, unos días antes de la masacre Cristiani llamó al Padre Ellacuría en España y le preguntó cuando regresaba a El Salvador. Además, Cristiani estaba en contacto casi a diario con los arquitectos de la intriga para asesinar a Ellacuría y sus compañeros sacerdotes.

El informe de la Comisión señala que el General y Ministro de Defensa, Rafael Humberto Larios, estaba presente en la reunión del 15 de noviembre de 1989, donde el Coronel Emilio Ponce ordenó al Coronel Benavides asesinar al Padre Ellacuría.

Larios también dijo a la Comisión de la Verdad que el Presidente Alfredo Cristiani se reunió con el Coronel René Emilio Ponce y con el propio Larios durante unas horas, inmediatamente antes de la masacre, en las oficinas de la Junta de Jefes del Ejército.
Es importante destacar que 19 de los 25 soldados que participaron en la masacre de la UCA, eran soldados que habían sido entrenados y graduados en la Escuela de las Américas del Ejército de EEUU.

Este año, en que se cumplen 25 años de estos hechos, en El Salvador y América Latina, se realizaran innumerables actos para recordar las vidas de los sacerdotes y las dos mujeres asesinados en noviembre de 1989.

En Estados Unidos, el sacerdote Roy Bourgeois, fundador de SOA Watch, nuevamente encabezará las protestas contra la Escuela de las Américas ubicadas hoy en Fort Benning, Georgia. Protestas que se vienen desarrollando desde 1990, cada noviembre, en memoria de ellos y ellas como de todas las víctimas de los graduados de la Escuela de las Américas.

Latinoamérica en el corazón

Patricio Vejar

oscar_romeroEl cristianismo popular chileno, los y las integrantes de las comunidades de base, los curas y las monjas que reconocen pertenencia allí, los y las agentes pastorales comprometidos con las luchas del pueblo; han reconocido desde los inicios de la experiencia de hacer carne la teología de la liberación en el modo de vivir la fe, que a lo largo y ancho de América Latina somos un único pueblo explotado y marginado por poderes que van más allá del capataz o patrón de fundo visible a nuestros ojos. Puede decirse que la experiencia de ser cristianos y cristianas inmersos en el mundo popular se vivencia mirando nuestro continente, sus luchas, sus éxitos y fracasos, y en forma especial su martirio, nuestro martirio.

En la década de los ’70, fuimos parte de un volcán que recorrió nuestros pueblos desde el Río Bravo hasta Tierra del Fuego. También podemos afirmar, sin mucha discrepancia, que fuimos parte de un movimiento que buscó transformar estructuralmente las condiciones de vida de los marginados y las marginadas por siglos de colonialismo, por décadas de democracias fallidas, y que lograron avances que tuvieron como consecuencia la reacción de las élites privilegiadas, que en complicidad con el poder imperial, barrieron con los pequeños vestigios de democracia que habíamos logrado obtener. Los golpes de estado se sucedieron, y cada régimen que llegaba al poder se hacía notar por el salvajismo y la barbarie con que era capaz de tratar a su propio pueblo.

El cristianismo popular chileno se comprometió entonces con los derechos humanos y desplegó valerosos esfuerzos por salvar vidas, por refugiar y proteger a los perseguidos. Innumerables hombres y mujeres sobrevivientes dan cuenta de ello. Y una vez pasado el primer momento, la comunidad cristiana comenzó a abrir espacios para la reconstrucción del movimiento popular. Cuantas parroquias y recintos de las iglesias fueron espacio de reencuentro y organización. Y todo ello fue realizado sin dejar de mirar lo que pasaba en América Latina. En especial América Central.
Primero Nicaragua con su heroica gesta revolucionaria y la destacada participación en ella del cristianismo popular y, más tarde, El Salvador donde las comunidades cristianas fueron uno de los baluartes del pueblo en su resistencia a los despiadados regímenes que se sucedían, unos tras otros, con su estela de brutalidad y crueldad extrema.
El martirio de Monseñor Romero fue un faro que alumbró el continente y en Chile fue vivido intensamente generando una comunión que aún perdura dando cuenta de una iglesia que vive y sufre con su pueblo, con una opción por los más excluidos y perseguidos.

La década de los 80’s estuvo marcada por los crímenes y las matanzas a lo largo y ancho de América Latina. Sin embargo, el ascenso de las luchas democratizadoras fue minando la capacidad de las dictaduras de mantenerse en el poder. Una por una fueron cayendo, pero cada una encontró la manera de causar más daño, de mantener las injusticias estructurales para las que habían sido instaladas. Y El Salvador no fue la excepción. Así se explica que cuando ya la guerra civil estaba en sus finales, militares entrenados en Estado Unidos asesinaran de manera brutal a seis sacerdotes jesuitas y dos mujeres que realizaban tareas de servicio.

Claramente este fue un crimen que pretendió dañar a las comunidades cristianas que dichos sacerdotes acompañaban con cercanía; pretendió dañar a la Iglesia Católica, entidad a la que los asesinados aportaban su enorme capacidad teológica; pretendió dañar a la Universidad Centroamericana Simeón Cañas, institución de la que los mártires eran el alma; pretendió dañar a los procesos de paz y democratización que ya se estaban iniciando, espacio donde Ignacio Ellacuría tenía ya un lugar destacado esperándolo.

Al revisar los acontecimientos que precedieron al luctuoso evento, llama la atención que este haya sido ejecutado por miembros de un batallón de élite, Atlacatl, que el 10 de noviembre comenzaron un curso de entrenamiento en el cuartel del Atlacatl en Sitio del Niño (La Libertad) que tuvo como instructores a 13 miembros de una unidad de Fuerzas Especiales de los Estados Unidos, de Fort Bragg, Carolina del Norte. Entre sus alumnos estaban los hombres de la unidad de comandos, siete de los cuales fueron posteriormente procesados por los asesinatos de los jesuitas y sus colaboradoras. Las investigaciones y juicios posteriores han permitido condenar a estos militares como ejecutores materiales del crimen pero no han logrado identificar a los autores intelectuales dejando sí, una larga y contundente estela de sospechas que van desde los mandos militares, el presidente salvadoreño de la época, llegando hasta Estados Unidos y sus instancias de inteligencia y mando militar. Hasta hoy es un crimen sin resolver.

Al mirar a El Salvador hoy, es posible decir que más allá de los claros oscuros de la realidad del pueblo salvadoreño, que Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Amando López, Juan Ramón Moreno, Joaquín López y López, Elba Ramos y Celina Mariceth Ramos viven en su pueblo y viven en la memoria de los pueblos de América Latina que aún luchan por una vida digna.

Afiche-XXV-Aniversario-martires-UCA

De Revista El Derecho de Vivir en Paz – http://www.derechoalapaz.com

http://www.soawlatina.org/revistaderechopaz4.pdf

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