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Alegre Victoria en Tiempos Amargos: Haití Antes y Después del Retorno de Aristide

Por Robert Roth

El 4 de abril, el Consejo Electoral haitiano anunció que, según resultados parciales, Michel Martelly había sido elegido como nuevo presidente de Haití. Cantante de Kompa, defensor de larga data de Jean-Claude Duvalier, Martelly trabajó con los terroríficos escuadrones de la muerte del FRAPH (Frente para el Avance y el Progreso Haitiano), los cuales mataron a más de 5000 personas en Haití luego del primer golpe de estado contra Jean-Bertrand Aristide en 1991. Quienes apoyan a Martelly habían anunciado que “quemarían el país” si él no era electo presidente.

Sólo un número pequeño de haitianos (cerca del 20%) votó en las últimas elecciones, constituyendo el menor porcentaje de participación en una elección en los últimos 60 años en todas las Américas.

A Fanmi Lavalas, el partido de Aristide, ampliamente el más popular de Haití, se le prohibió participar de las elecciones.

¿Para qué debería votar la gente? Se trató de una “selección”, no de una “elección”, eso fue lo que nos dijeron una y otra vez.

Para la segunda vuelta, el 20 de marzo, Haití debió elegir entre Martelly o Mirlande Manigat, personaje de derecha y miembro de la minúscula élite haitiana. Un amigo haitiano nos dijo: “Esto es como elegir entre el cólera y la fiebre tifoidea. No se puede elegir así”.

Aún así, el sabor amargo de unas elecciones sombrías no pudo detener la alegría del Retorno. Cuando el avión que llevaba al Presidente Aristide y su familia de regreso del exilio forzado en Sudáfrica que duró siete años se aproximaba a Puerto Príncipe el 18 de marzo, unas 50 personas estábamos en el patio interno de su casa. El día anterior, habíamos visto a decenas de haitianos pintando paredes metódicamente, y arreglando cualquier remanente de la destrucción que hubiera ocurrido luego del golpe el 29 de febrero de 2004.

Habíamos oído que el Presidente Aristide (conocido como Titid a través de Haití) arribaría al aeropuerto alrededor del mediodía, pero fuimos a su casa más temprano para evitar el tumulto. Yo había llegado con un querido amigo, Pierre Labossiere, representante del Comité de Acción de Haití. Ambos nos sentíamos enormemente honrados de estar allí.

Los rumores habían corrido vía celulares: “Está en el aeropuerto, dando un discurso”. “El carro va llegando”. Escuchamos el sonido de un motor. Lavalas significa “inundación fugaz”: la inundación de los pobres, quienes pueden hacer maravillas cuando sienten su fortaleza. Miles de personas trepaban una doble pared, esquivando a la seguridad, tragándose el patio. En cuestión de minutos, los techos y árboles estaban repletos. No había espacio donde moverse. Aún en el medio del caos total, había disciplina y mesura. “Bájense del techo”, gritó alguien, “es el techo de Titid”. “No dañen los árboles”. Luego los cantos y consignas comenzaron. “No votaremos en las elecciones. No tenemos candidato. Bienvenido Titid. Bienvenidas las escuelas. Bienvenida la esperanza. Lavalas – nos doblamos, pero no nos rompemos”.

Yo estaba parado al lado de una organizadora comunitaria haitiana, directora de una escuela que había sido atacada constantemente desde el golpe de estado, pero que ella había perseverado en sacar adelante. Ella había sido el corazón de las acciones de auxilio luego del terremoto en su comunidad. Tenía lágrimas en los ojos: “He militado en este movimiento desde que tenía quince años de edad. Estoy tan feliz. Tan feliz”.

Vimos a otra amiga, arrestada durante los últimos años de la terrible dictadura de Duvalier, viviendo ahora en uno de los campos de refugiados internos. Le preguntamos: “¿Vas a entrar a la casa?” “No”, dijo, “puedo ver al Presidente en cualquier momento, es más importante ahora darle agua a la gente, que se muere de sed”.

Apenas podía imaginarme la reacción del Departamento de Estado de los Estados Unidos, que ha luchado tanto por evitar este momento. El Presidente Barack Obama había hecho un llamado de último momento al Presidente Zuma en Sudáfrica para solicitarle que dilatara el retorno hasta después de la segunda vuelta electoral. ¿Qué pensaría de esta escena? ¿Estaría siquiera mirándola?

Finalmente, algunos de nosotros pudimos entrar a la casa. La gente se quedó afuera durante mucho tiempo, empujando contra las ventanas – y luego se fue, no sin antes limpiar el jardín y levantar lo que había sido arrojado al suelo.

Mildred Aristide nos saludó desde la puerta. “¿No está hermoso allá afuera?”, preguntó.

Tanta gente, dentro y fuera de Haití, había esperado este momento. No porque Aristide fuera un salvador o pudiera resolver todos los problemas de Haití. No porque su retorno acabara con la epidemia de cólera o resolviera la situación del millón y medio de personas que aún viven en los terribles campos de refugiados desde el terremoto. Este era un asunto básico de justicia y autodeterminación. Un presidente democráticamente electo había sido removido ilegalmente de sus funciones y exiliado de su patria – y la mayoría de la población haitiana nunca había aceptado su remoción. Lo querían en casa.

¿Por qué? Bajo la administración Lavalas, más escuelas fueron construidas que en toda la historia de Haití. El gobierno abrió 20.000 centros de alfabetización para adultos, priorizando la educación de las mujeres. Las clínicas médicas brotaron en áreas rurales. Un importante programa de tratamiento y prevención del SIDA fue lanzado. El odiado ejército fue disuelto. El salario mínimo fue aumentado al doble. El pequeño grupo de gente rica que había conducido Haití desde siempre tuvo que comenzar a pagar impuestos – y si no lo hacían, sus nombres eran leídos en la radio. La administración de Aristide demandó a Francia una restitución de 2.170 millones de dólares equivalente a lo que Francia demandó a Haití cuando la abolición de la esclavitud allí. Con el primer pago de esta deuda en 1830, Haití tuvo que clausurar su sistema de educación pública. Aristide volvió a poner este tema en discusión y declaró que se debería hacer justicia.

Lentamente, mientras la administración Bush bloqueaba préstamos, financiaba a la élite opositora y organizaba operaciones paramilitares contra el gobierno, Aristide cumplía con su promesa de sacar a su nación “de la miseria a la pobreza con dignidad”. Era al menos un comienzo, y uno histórico.

Durante las celebraciones del bicentenario de la Revolución Haitiana, el 1 de enero de 2004, cientos de miles de haitianos y haitianas llenaron Puerto Príncipe con pancartas y banderas, celebrando la primera república negra, la única nación que había roto con éxito el yugo de la esclavitud, y alzando las manos con sus cinco dedos extendidos, en demanda de que Aristide pudiera cumplir con su mandato completo de cinco años.

Eran pobres, negros, y sabían que el movimiento por cuya construcción habían luchado tan duramente sufría una ofensiva directa. Cuenta Randall Robinson en su libro Una Agonía Intacta (An Unbroken Agony), que su mujer, Hazel Robinson, miró a la multitud y comentó la fuerza de la escena a un embajador de la OEA que estaba sentado a su lado. “Bueno, él no cuenta con el apoyo de la gente de verdad”, respondió el oficial de la OEA. “Tendrá el 80 o 90%, pero de quienes importan”.

Para el gobierno de los Estados Unidos, estos haitianos no tienen importancia. Incapaz de fabricar un “levantamiento” contra Aristide, Estados Unidos tomó acciones directas el 29 de febrero, inundando de fuerzas operativas especiales y secuestrando – sí, esa es la pablara usada en Haití para describir lo que pasó – al Presidente y a su mujer Mildred, forzándolos a una larga y desoladora jornada en la neo colonia africana de la República Centroafricana. El largo exilio había comenzado.

Activistas en solidaridad con Haití denunciamos el golpe. Protestamos, sensibilizamos y nos organizamos para intentar contrarrestar las aberrantes mentiras acerca de Aristide, del mito de su “dimisión”, de la noción de que un “levantamiento popular” lo había derrocado. Juntamos fondos para apoyar a organizadores de la resistencia que ahora estaban en grave peligro. Y enviamos delegaciones a Haití, para que aprendieran de las y los haitianos, cuyas fuertes voces habían sido silenciadas y desatendidas a nivel internacional.

Durante una visita a Haití a finales de junio de 2004, observamos a las fuerzas de las Naciones Unidas (MINUSTAH), comandadas por el gobierno de Brasil, arrebatar la ocupación del país de manos de las tropas de Estados Unidos, Francia y Canadá. Ahora se trataba de una operación multilateral, como la de Irak y la de Afganistán, con el visto bueno de las Naciones Unidas. Una “fuerza de paz”, nos habían dicho.

Sin embargo, la gente que conocimos nos dijo que los soldados de las Naciones Unidas eran irrespetuosos y, a veces, hasta brutales – cascos azules apuntando pistolas. Vimos a cientos de prisioneros políticos encerrados en celdas superpobladas sin agua. Hablamos con gente cuyas casas habían sido quemadas en la Meseta Central. Vimos escuelas que habían sido destruidas, clínicas saqueadas, la Escuela de Medicina de la Fundación Aristide ocupada por tropas de las Naciones Unidas y 247 estudiantes de medicina forzados a abandonar el campus. Y vimos protestas – pequeñas, dados los tiempos peligrosos – demandando la liberación de los prisioneros políticos.

El Padre Gerard Jean-Juste, un legendario luchador por los derechos humanos en Haití, aún estaba allí, alimentando a niños y niñas en su iglesia St. Claire. Nos dijo que “recibí muchas amenazas de muerte, pero no me iré de Haití. Me fui durante la época de Duvalier, pero no me forzarán a irme de nuevo”. Más adelante sería arrestado y golpeado dentro de una iglesia, y luego encarcelado – sólo liberado después de la evolución de una leucemia que acabó con su vida en 2009.

Entre el 2004 y el 2006, la MINUSTAH, en coordinación con el gobierno dictador de Haití, lanzó operaciones de búsqueda y destrucción para eliminar de raíz a las bases de Lavalas en Puerto Príncipe y sus alrededores. Según un estudio publicado por The Lancer, más de 8000 muertes y 35000 violaciones (muchas perpetradas por fuerzas de seguridad) ocurrieron durante ese período.
Una delegación de la Bahía de San Francisco se encontraba en Haití justo después de una de esas redadas. 350 efectivos de las Naciones Unidas, fuertemente armados, atacaron al barrio pro-Lavalas de Cité Soleil. Sesenta personas fueron asesinadas, sus casas destruidas, y podían observarse impactos de bala en todos lados.

La delegación tomó fotos, entrevistó a lugareños, y regresó a su país. Allí, fueron directamente a las oficinas del New York Times con toda la documentación. Por el Times no les publicaría la historia. Las Naciones Unidas habían dicho que no era cierta.

Las elecciones presidenciales de 2006 se llevaron a cabo bajo una ocupación militar. Cuando René Preval, quien había devenido en presidente de Lavalas luego de Aristide, se lanzó a la campaña, la base de Lavalas lo impulsó.

Pensaron que Preval traería a Aristide de regreso, que liberaría a los prisioneros políticos, y que desarrollaría una nueva economía e iniciativas sociales para los pobres.

Las cosas no cambiaron demasiado. Preval había establecido lazos fuertes con Estados Unidos y con las Naciones Unidas. No tenía ningún interés en traer a Aristide de regreso, y actuó a favor de la profundización de programas de ajuste estructural (privatización de la compañía de telefonía, nuevos contratos con los barones de la élite importadora.-exportadora, reducción de la inversión social), a pedido de las autoridades internacionales y de la élite haitiana. El precio del arroz y del gas se disparó. Proliferaron las redadas en Cité Soleil. El Departamento de Estado de los Estados Unidos proclamó que Haití era ahora un lugar “más estable”.

Cuando regresamos a Haití en 2007, muchos organizadores de Lavalas estaban cansados de Preval. Lo decían claramente: “Está en las manos de los estadounidenses, hace lo que le piden”. Había roto toda comunicación con las bases que lo habían elegido. Aristide siempre había dialogado con la gente – y siempre había escuchado.

Durante nuestra visita, pasamos algunos días con Lovinsky Pierre-Antoine, psicólogo, líder de Lavalas y activista por los derechos humanos. En una manifestación frente a la sede de las Naciones Unidas, habló a través de un pequeño megáfono mientras los militares franceses y estadounidenses le tomaban fotos a él y a otros manifestantes. Él llamó a un alto en las privatizaciones, a la finalización de la ocupación por las Naciones Unidas, y al retorno del Presidente Aristide. Dos semanas después, Lovinsky fue secuestrado y desaparecido. Preval no dijo nada. Las Naciones Unidas se mantuvieron en silencio. No hubo investigación al respecto.

Para 2009, el gobierno de Preval había perdido toda legitimidad entre las capas populares haitianas. Mientras el costo de la comida aumentaba sin cesar, miles de haitianos y haitianas marcharon al Palacio Presidencial. “Redadas de comida”, las llamó la prensa.

Luego llegó el terremoto. Vimos las imágenes aterradoras de la destrucción, las 300.000 muertes, los campos en condiciones inaguantables, el coraje y la dignidad con la que las y los haitianos afrontaban lo imposible.

Haití tocó los corazones de la gente alrededor del mundo. Pero la devastadora tragedia haitiana presentó la oportunidad para otras. Llegaron las ONGs. Bill Clinton y George Bush anunciaron el establecimiento de un fondo conjunto y visitaron el país.

Los Estados Unidos se encargaron de la “reconstrucción”.

Cinco meses después, Haití lucía como si el terremoto hubiera ocurrido el día anterior. Nos reunimos con gente de dos campos diferentes. Nos hablaron con tono urgente: “No hemos recibido nada de ayuda de las Naciones Unidas o de la Cruz Roja desde marzo”. “Necesitamos comida”. “Necesitamos trabajo”. “Las ONGs se pagan a ellas mismas y no nos dan nada”. “A Preval no le importamos”. “Bill Clinton no es nuestro presidente”. “Titid debe regresar”.

La Fundación Aristide, creada en 1996 como centro de desarrollo social, educativo y económico de base, hervía de trabajo. Sin asistencia del gobierno o de las ONGs, la Fundación hacía lo que podía: instalaba clínicas móviles, escuelas y campos de refugiados, preparaba a trabajadores de la salud mental para que proveyeran “alivio espiritual”. Jóvenes educadores y activistas nos dijeron que su generación estaba “motivada”, que harían lo que fuera por Haití. 15000 personas – tres cuartos de ellas mujeres – se abarrotaron en el auditorio principal de la Fundación para sostener un “Debate Democrático”. Mujeres dentro y fuera de la Fundación habían hecho circular una petición a Barack y Michelle Obama, llamando al retorno de Aristide. La petición consiguió las firmas de 20000 mujeres en cuestión de días. 10000 haitianos y haitianas salieron a las calles de Puerto Príncipe el 15 de julio, para el cumpleaños de Aristide. El momento había llegado.

Ahora Aristide estaba de regreso, desafiando a los Estados Unidos, traído por su gente y por una fuerte campaña internacional.

La tarea es sobrecogedora. Excluido de las elecciones, Lavalas no tiene representantes en la legislatura, ni poder oficial sobre el estado. De la mano de la élite haitiana, Estados Unidos estableció maquiladoras en el área de Puerto Príncipe y se está preparando para arrasar con la riqueza mineral del país.

Bill Clinton co-dirige una Comisión Interina para la Recuperación de Haití, ahora en curso, que tiene un presupuesto de más de 10000 millones de dólares. La USAID (Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional) llena de dinero a las ONGs estadounidenses, las cuales gastan más en salarios que en programas.

13000 unidades del ejército y la policía de las Naciones Unidas mantienen lo que ya parece una permanente ocupación extranjera. El cólera – introducido a Haití por las fuerzas nepalesas de la MINUSTAH – se ha propagado. Un estudio de Harvard/UCSF estima unos 800.000 casos.

Martelly planea reestablecer al ejército y agudizar el ataque contra Lavalas. Y su compatriota Duvalier, está allí – como un espectro sobrevolando el país una vez más.

Y sin embargo el retorno significa tanto. El objetivo fundamental de los golpes de estado y de la contrainsurgencia es acabar con la conexión entre un movimiento popular y el pueblo, destruyendo incluso la esperanza de que una transformación social sea posible.

En la casa de Aristide, en las calles de Puerto Príncipe, fue claro que ni el golpe ni la ocupación habían logrado ese objetivo. Animados por una difícil victoria, las y los organizadores de base – que nunca pararon de luchar – estaban en pleno entusiasmo. Habrá grandes iniciativas en términos de educación y salud, y la paulatina incorporación de una nueva generación al movimiento ha sido impedida pero no interrumpida. Y una voz en la que las y los pobres confían esta de regreso, para lo que sea.

En su discurso en el aeropuerto, mientras él y su familia pisaban nuevamente suelo haitiano, Aristide habló de las elecciones no democráticas y excluyentes. Se concentró en la necesidad de incluir a todos y todas en la vida nacional: “Cada haitiano y haitiana sin excepción, porque cada persona es una ser humano, por lo tanto cada uno de esos votos cuenta”.

Visitando familia y amigos en Nueva York poco tiempo después de regresar de Haití, tuve la oportunidad de conocer a un grupo de organizadores comunitarios haitianos en Brooklyn. Le pregunté a una mujer, ahora asistente docente de segundo grado, por qué se había unido a Lavalas. Lo que la cautivó, dijo, fue la consigna portada por Aristide: “Tout Moun Se Moun”. La tradujo así: “Cada una, cad persona cuenta”. Y dijo: “Estoy llena de alegría ante su retorno”.

Artículo publicado en Counterpunch 11 de Abril de 2011   En inglés en http://www.counterpunch.org/roth04112011.html

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